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Química sin compromiso



Con derecho a roce 
(Will Gluck 2011)

Tras el estupendo trabajo que Will Gluck realizó en Rumores y mentiras se esperaba con interés esta segunda aventura llamada Con derecho a roce. Y la valoración, a grandes rasgos, es positiva. Al igual que su primera película Con derecho a roce es un trabajo con ritmo, colorista, irónicos y cuidados diálogos y un tratamiento más adulto que el resto de comedias norteamericanas al uso. En este trabajo tan neoyorquino hay mucho de esa comedia urbana y emocional que se realizan en La Gran Manzana y del que Gluck saca su parte más florida y, porqué no decirlo, pija pero no por ello menos interesante. Sin ser exagerado no hay tanta distancia en esta Con derecho a roce de algunas de las películas urbanas de Woody Allen donde se hablaba de las relaciones de pareja.

Si Rumores y mentiras funcionaba en parte gracias a el torrente interpretativo de la interpretación de Emma Stone aquí Con derecho a roce juega gran parte de su baza en la química de Justin Timberlake y Mila Kunis. Y la cosa funciona. Tanto en las escenas de cama (geniales los primeros encuentros en Timberlake y Kunis) como en sus parloteos los dos son creíbles en sus papeles de pijos, guapos, triunfadores pero con heridas que evitan que sus personajes caigan en el estereotipo. Con derecho a roce pasa de puntillas por temas tan interesantes como la falta de valores, el miedo a quemar etapas en vida o la pérdida del ser querido sin ahondar mucho en ello quizá porque a Gluck le faltan galones para ir más allá. También es una pena que el director no sepa rematar del todo su película en un final acelerado y sin la pizca de picardía que tiene el resto de la película. Aun asi Gluck sale endemne del reto de su tercera película y dejando el follamiguismo como ese gran mito desconocido.

Lo mejor: los primeros encuentros sexuales entre Mila Kunis y Justin Timberlake

Lo peor: cierto pijismo poco aguantable

. Clooney como modelo (Javier Ocaña, El País)

Aunque un tanto histérica (las cancioncillas de fondo no paran), la película se ve con cierto regocijo mientras mantiene su juguetona efervescencia, pero en cuanto surge el amor todo se hace más convencional y rutinario

. La busqueda de la satisfacción (José Arce, La Butaca)

Más dulce que ácida, más angelical que humana ─incluso las escenas sexuales pecan de un excesivo remilgo carnal que choca frontalmente con los frescos enfrentamientos dialécticos de los amantes─, una propuesta que encuentra estimables aportes aislados, sí, pero que se diluyen en un global desilusionante

. Guerra de sexos (Sergi Sánchez, La Razón)

La película, que debería titularse «¿Por qué lo llaman sexo cuando quieren decir amor?», propone el mismo esquema que los clásicos que pretende deconstruir. Que a estas alturas se nos insista en que un hombre y una mujer que quieran ser amigos siempre acabarán en la cama resulta un poco irritante

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